¿Es posible compartir el ADN con una persona que no es tu familiar? De acuerdo con investigadores del Instituto de Investigación de Leucemia (Barcelona) y del Barcelona Supercomputing Center (BSC), los famosos doppelgänger son reales y comparten más con nosotros de lo que se piensa.

Los especialistas resaltan que existen similitudes genéticas y de estilo de vida entre personas no relacionadas entre sí. Esto es lo que debes saber de los dopplegänger.

¿Qué harías si te encuentras a ti mismo en la calle? El curioso caso de los doppelgängers

Los resultados fueron publicados en el journal Cell Reports y los autores mencionan que las personas con rostros muy parecidos también comparten mucho de los mismos genes y rasgos del estilo de vida.

“Sugerimos que estos mismos determinantes se correlacionan con los atributos físicos y conductuales que constituyen a los seres humanos. Nuestros hallazgos dan una base molecular para futuras aplicaciones en varios campos, como la evolución, la biomedicina y la ciencia forense”, detallaron los especialistas sobre los dopplegänger.

Para ver si los dopplegänger eran reales, el equipo de expertos reclutó a 32 parejas de gente parecida a partir de fotografías para que se sometieran a pruebas de ADN y realizaran cuestionarios sobre sus estilos de vida.

Se usó un software de reconocimiento facial para cuantificar las similitudes entre las caras de los participantes y los resultados los sorprendieron:

  • 16 de 32 parejas consiguieron puntuaciones globales parecidas a las de los gemelos idénticos analizados por el mismo software

Después, los expertos compararon el ADN de las 16 parejas para ver si era tan parecido como sus rostros.

Hallaron que las 16 parejas que “verdaderamente” eran parecidas compartían una cantidad significativamente más elevada de genes que las otras 16 parejas que el software consideraba que eran menos similares.

“Estas personas se parecen de verdad porque comparten partes importantes del genoma, o de la secuencia de ADN. Se trata de algo que parecería de sentido común, pero nunca se había demostrado”, mencionó el autor principal, Manel Esteller.