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La terca muerte

GINA TARDITIOct 31, 2021 
Tiempo de lectura: 5 mins.

Los avances tecnológicos en materia de salud han cambiado la forma en que morimos al punto de buscar evitar lo inevitable, incluso si eso implica sufrir más


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El doctor Seamus O´Mahony, gastroenterólogo inglés, en su libro The way we die now (La forma en que morimos actualmente), asevera que el avance en la ciencia y la tecnología nos ha pasado una factura muy elevada. Coincido con él y explico mis razones.

Hasta mediados del siglo XX, el médico solía acompañar al paciente, aplicando sus conocimientos para curar, cuando esto era factible, o aliviar sus síntomas a lo largo de todo el proceso de la enfermedad. A medida que la muerte se acercaba, las alternativas eran pocas y menos aún, los retos. Morir era más fácil porque se aceptaba la inevitabilidad del hecho. El enfermo permanecía en casa, rodeado de sus seres queridos y de todo aquello que formaba parte de su día a día y, eventualmente, se abría paso a la despedida, muchas veces acompañada de perdones, consejos y agradecimientos.

Avances en ciencia y tecnología

Con la llegada de los antibióticos en los años cuarenta del siglo XX, las causas de muerte se invirtieron y las enfermedades infecciosas que hasta ese momento cobraban la vida de la mayoría de las personas cedieron el paso a las enfermedades crónicas degenerativas o no comunicables, como las enfermedades cardíacas, la diabetes, el cáncer, los accidentes cerebrovasculares, las enfermedades hepáticas, renales y el Alzheimer, entre otras. Los avances exponenciales en ciencia y tecnología de las últimas décadas provocaron, entre otras cosas, que los hospitales se transformaran en los espacios de excelencia para atender no solamente a los enfermos con algún padecimiento agudo, sino también para los pacientes crónicos en fase avanzada.

Ahuyentar la muerte

Así, cualquier enfermedad se convirtió en un reto a vencer a toda costa y a todo costo. Sin darnos cuenta hemos ido convenciéndonos que, si bien no podemos evitar la muerte, sí la podemos engañar, ahuyentándola por algún tiempo, aunque, a veces, el precio a pagar se traduzca en un largo y tortuoso camino donde paciente y familia sufren en silencio porque imaginan que así se protegen unos a otros.

El final siempre es el mismo: la muerte llega a pesar de todo, pero con frecuencia dentro de un hospital donde el paciente ha sido conectado a máquinas que no tienen la capacidad de devolverle la salud, pero sí de prolongarle la vida y de paso, robarle el tiempo para la despedida porque todos, paciente, familia y equipo de salud, pensaban quizá, que esta vez podrían nuevamente darle la vuelta a la terca muerte.

(Foto: CalleamanecerClinicians in Intensive Care UnitCC BY-SA 3.0)

Alcanzar la amortalidad

Desde siempre la muerte nos asusta y condiciona  nuestro accionar en el mundo. No obstante, es de llamar la atención que sea precisamente ahora, cuando se ha prácticamente duplicado la expectativa de vida, cuando más fantaseamos con la posibilidad  de prolongarla hasta edades muy avanzadas, manteniendo la salud, la vitalidad y la autosuficiencia, lo cual resulta incompatible en la mayoría de los casos. Se invierten sumas extraordinarias en proyectos que buscan alcanzar la amortalidad y hay quienes apuestan por la criogenia en un sueño alucinante de poder algún día volver a la vida.

Cuidar de la salud es importante; sin embargo, cuando el cuidado se convierte en obsesión, la calidad de vida puede verse comprometida. Además, si continuamos entendiendo a la enfermedad y la muerte como fracasos inevitablemente nos sentiremos traicionados, tarde o temprano. Al final, la terca muerte llegará y lo importante será asegurarnos que nos encuentre en paz, no porque hayamos vivido cierto número de años, sino porque el balance que cada uno haga de su vida resulte positivo.

O´Mahony opina que si dejáramos de pensar en el cuerpo humano como una máquina a la que todo le puede ser arreglado,  los médicos estarían en mejor posición para atender las necesidades del enfermo en fase avanzada, porque no tendrían la imperiosa necesidad de curar o postergar el proceso a costa, incluso, de la calidad de vida, como la defina cada persona.

Hablar y debatir sobre estos temas puede ayudarnos, por increíble que parezca, a vivir mejor. Salvo su mejor opinión, claro está.

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