Los juegos sexuales son parte de la vida erótica de las personas, pero en particular jugar a esos que implican riesgos, donde la vida y salud se ponen en peligro suelen ser más atrayentes para un sector específico de la población: Los adolescentes.

Existen alrededor del mundo por lo menos unos cinco juegos sexuales que ponen en peligro la vida del ser humano de diferentes formas, pero que por más que se dan avisos, advertencias e información al respecto, de poco valen cuando los jóvenes prefieren arriesgarse a experimentarlos en un momento de diversión y aceptación social entre su grupo de amigos.

Juegos sexuales que ponen en riesgo la vida 

Juegos como la eyaculeta, donde varios varones compiten por eyacular primero de manera certera sobre un galleta, que debe comerse como “castigo” el último en logarlo; la ruleta rusa, en el cual un grupo de chicos se sientan en sillas formando un círculo con el pene expuesto y en erección, y las jóvenes, con los genitales sin cubrir, se sientan sobre ellos  teniendo coito con cada uno por 30 segundos, perdiendo quien eyacula primero, y ganando quien más aguanta; o la fiesta arcoíris donde se practica sexo oral en grupo y las mujeres con los labios pintados realizan felaciones a los hombres que no llevan protección porque el pene debe quedar pintado, son solo algunos ejemplos.

Lo que llama la atención es que las prácticas sexuales de riesgo van más allá de solo estos juegos, y que a pesar de toda la información a la que hoy pueden acceder nuestros adolescentes, sigan accediendo sin problemas al sexo casual, la promiscuidad, el sexo no protegido que también forman parte de las prácticas de riesgo a sabiendas de que el riesgo de embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual se eleva exponencialmente.

¿Es estúpido el ser humano? No, pero es inmaduro cerebralmente durante esta etapa de la vida. Y por lo general ha llegado hasta ahí sin que le hayan hablado del placer, experimentándolo casi clandestinamente y en muchos casos sin siquiera poder nombrar a los genitales por su nombre; pero de pronto está frente a un mundo que le ofrece a manos llenas ese placer que desconoce y no puede controlar.

Alrededor de los 14 años, y hasta los 24, el cerebro humano debe desarrollar el pensamiento abstracto y la habilidad de predecir (y por tanto de anticipar) las consecuencias que se pueden dar sobre las conductas que decide tomar.

En la niñez, las conductas se dan casi el 100% de las veces por reacción y no por elección ante los estímulos externos. Conforme el ser humano se desarrolla, el cerebro crea nuevas conexiones neuronales que le permiten elegir una conducta ante un acontecimiento, esto lleva a la maduración de éste y la madurez de la persona.

En la adolescencia elegimos a través de riesgos 

Lograr la madurez puede llevar una década, en la cual la mayoría de las veces se aprende a través de prueba y error, esta etapa llamada adolescencia, fundamental para la maduración, se caracteriza por elegir a través de los riesgos por una sencilla razón: para que el ser humano logre desarrollar las características físicas de un adulto, el cerebro debe segregar hormonas, en una cantidad tan grande que solo en la etapa fetal, durante la diferenciación sexual, es mayor.

Hormonas como la testosterona y la dopamina hacen que los seres humanos adquieran cuerpos adultos, pero también activan los circuitos de recompensa que se manifiestan en una búsqueda de placer y sensaciones nuevas como en ninguna otra etapa de la vida.

De tal forma, el sistema límbico o cerebro emocional, donde se elaboran las emociones, madura antes que la corteza prefrontal. Por esto, lo emocional pesa mucho más que lo racional en las decisiones de los adolescentes y valoran más la recompensa que el riesgo mismo; “es decir, pueden ser conscientes de los riesgos que asumen, pero le dan más valor a la recompensa social. Esto significa que los jóvenes pueden perder de vista la dimensión real de determinados riesgos cuando están en su grupo” como señalan estudios hechos por Unicef.

Es necesario un cambio en la educación sexual de adolescentes 

Por eso, ante un panorama que parece no tener salida, la educación sexual de los niños y jóvenes más allá de centrarse en solo señalar los riesgos de tener prácticas sexuales que vulneran su vida y su salud y llenarlos de información que poco les mueve a tomarlo con total seriedad, es necesario enfocarla en ofrecer opciones donde puedan experimentar de manera segura esas emociones que necesitan probar, distinguir y manejar como lo es el placer, la excitación, la sensación de ser tocados y tocar sin que esto implique necesariamente tener sexo.

El placer y la excitación no solo se viven en la experiencia erótica, muchas cosas fuera del sexo lo provocan, enseñarles a distinguirlos y manejarlos en esos terrenos es lo que ayudará a que el joven no sienta la necesidad de llegar hasta el extremo para experimentar una emoción que de alguna manera conoce y sabe satisfacer.

El afán de competir, de pertenecer y de arriesgarse no se pueden suprimir, y ante ello es necesario que el adulto sea el responsable de poner claro en su vida lo que ellos no son capaces: reglas y consecuencias.

Dejar claro que las reglas son necesarias para preservar su vida es fundamental, dejarlos participar en ponerlas ayuda a que las respete. Advertirle sobre las consecuencias que implica romper reglas más allá del ámbito familiar y permitirle vivirlas con un acompañamiento seguro le hará tomar conciencia de los límites que debe ir manejando.

Los riesgos en el sexo se pueden minimizar en los adolescentes si se les invita a que deduzcan por ellos mismos las consecuencias de hacerlo, a saber hasta donde es la zona segura y hasta donde pueden manejarlo.

Y enseñándoles que existe la inteligencia sexual, que lo erótico no significa buscar orgasmos, sino obtener placer y plenitud bajo la experiencia que nos otorga la sexualidad que incluye ser felices más allá de estar conformes con nuestro género; que también es expresarnos libremente bajo nuestra orientación sexual; saber manejar nuestras relaciones humanas (personales, familiares y hasta profesionales) a través de la equidad y la diversidad con respeto y asertividad;  y que esta inteligencia se desarrolla en la medida que lo hacen nuestros sentidos que nos permiten entrar en contacto con el placer a través de caricias y besos pero también con las texturas, olores, sabores y sonidos que construyen nuestros gustos, espacios que brindan placer sin sexo.