En el ámbito familiar tanto las discusiones como las discrepancias y los conflictos en todos los contextos son inherentes a las relaciones humanas.

En el imaginario colectivo el concepto conflicto tiene connotaciones negativas, pero discrepar y tener opiniones diferentes sobre cualquier cuestión puede ser una oportunidad para aprender o mejorar.

Para que así sea, no se puede convertir la falta de acuerdo en enfrentamiento, disputas y discusiones. Cuando las opiniones se transmiten de manera agresiva, violenta o con falta de respeto, dejan de ser procesos positivos para convertirse en nocivos y destructivos.

¿Las discusiones impactan en los hijos?

La evidencia científica ha demostrado que tanto los conflictos como las discusiones son un factor que incide fuertemente en la salud física y salud psicológica de los hijos.

La exposición constante de los hijos al conflicto parental se considera por los profesionales y científicos especialistas de la psiquiatría, la psicología, la pediatría y de la educación como un proceso constitutivo de maltrato hacia las personas menores de edad.

En el caso de las familias, los efectos adversos de las discusiones se extienden a los hijos y los efectos son más dañinos que para los propios padres de la familia.

Las discusiones impactan de forma destructiva. El enfrentamiento y el conflicto parental genera severas consecuencias en la salud de las hijas o hijos en los hijos, desde los más pequeños hasta los adolescentes.

Foto: Freepik

¿Cuáles son los mecanismos en la gestión de conflictos?

Tanto las madres como los padres de familia no siempre han sido socializados para resolver los conflictos y las discrepancias de forma amigable.

Muy por el contrario, el aprendizaje adquirido les provoca la activación de mecanismos que participan en una reacción química de defensa y ataque, especialmente ante eventos estresantes como:

  • La pérdida del empleo.
  • La falta de recursos económicos.
  • La presencia de enfermedades graves en algún miembro de la familia.
  • Adolescencia problemática de algún hijo.
  • La ruptura de la pareja.

Desafortunadamente, vivencias muy comunes propician en los ejes de la familia dinámicas más conflictivas, mayor número de discusiones y enfrentamientos.

Con esto mermando su capacidad para mantener relaciones afectivas positivas y sanas entre ellos y con los más pequeños del hogar, a la vez que la parentalidad positiva.

Esto agrava y refuerza el estrés y el conflicto en la familia.

¿Mal ejemplo y estrés acumulado?

Las discusiones de la pareja con falta de control emocional exacerban el enfrentamiento y hacen crecer los problemas en número y en intensidad.

Por lo cual acaban dañando el funcionamiento familiar y el bienestar de los hijos, en mayor grado cuando se realizan en su presencia.

¿Qué provocan las discusiones de los padres en los hijos?

Las discusiones de los padres provocan estrés crónico en los hijos junto con sus sabidas consecuencias nocivas para su sistema y funcionamiento personal. Afectando al sistema:

  • Fisiológico.
  • Cognitivo.
  • Conductual.

Adicionalmente, les suscita falta de confianza en la familia como garante de su soporte y apoyo a todos los niveles, especialmente el psicológico.

Esto último pone, en particular, a preadolescentes y adolescentes en situación de riesgo.

La American Academy of Pediatrics advierte que la ausencia de relaciones familiares adecuadas predice desajustes y patrones de salud desadaptativos en las niñas, los niños y adolescentes.

Para los hijos el conflicto conlleva síntomas que varían en función de la edad y el género, entre los síntomas destacan los de carácter ansioso y depresivo, los somáticos, la angustia y los miedos.

En donde se pueden percibir como las rabietas, la falta de respeto, los comportamientos regresivos, las conductas disruptivas, violentas y delictivas y el consumo de sustancias.

Foto: Canva

¿El control emocional se aprende?

Cuando las discusiones entre los adultos se llevan a cabo con control emocional, amabilidad, comprensión, otorgando dignidad y legitimidad, además de ejerciendo el más estricto respeto hacia las opiniones del otro, no afectan a los hijos.

Incluso puede incrementar su sentimiento de seguridad y bienestar en la familia. Al mismo tiempo, pueden ser un aprendizaje vicario de gran relevancia para su desarrollo y desempeño socioemocional.

En este sentido, dentro de las necesidades básicas de la infancia y la adolescencia se subraya que en las familias existan estilos de comunicación asertiva, que se favorezca el intercambio respetuoso de información y el abordaje no violento de los conflictos.

Actualmente es un derecho de las hijas y los hijos que esto se respete y de este modo puedan vivir en un contexto que promueva el desarrollo adecuado de su personalidad, su bienestar y felicidad.

En consecuencia, el ejercicio responsable de la parentalidad requiere lograr que los hijos disfruten de una convivencia positiva en su hogar, lo que indiscutiblemente exige a sus progenitores una gestión y resolución positiva de los conflictos y la ausencia de discusiones inadecuadas.

Tanto las madres como los padres de familia deberían ser conscientes de cómo sus discusiones pueden dañar a sus hijos para evitar exponerlos a ellas.  

En el caso de no disponer de las destrezas necesarias para gestionar cómo se resuelven positivamente las controversias, buscar apoyo profesional para adquirirlas.

(Con información de Catedrática de Psicología y Psicología Jurídica del Menor, Universidad de Vigo)