El sida fue reconocido como enfermedad en 1981 y en Bulgaria, todavía bajo la influencia de la entonces Unión Soviética, la consideraban una “enfermedad gay” y un problema del decadente Occidente.

Ello pasaba a pesar de que en la misma Bulgaria ya se encontraba el virus y estudiantes extranjeros y marineros atiborraban los hospitales de ese país sin que los médicos supieran realmente a qué se enfrentaban.

De acuerdo con un reporte de la BBC de Londres, al no ser reconocida, no se le estudiaba y los científicos prácticamente estaban maniatados para intentar hacer algo contra esta afección desconocida.

En el resto del mundo morían jóvenes homosexuales, adictos a drogas intravenosas y algunas personas que habían recibido trasfusiones de sangre.

Se fue descubriendo que era una condición que hacía que proliferaran las infecciones en los contagiados y solía ser fatal.

En el “decadente Occidente” años más tarde se identificó que un virus era la causa de esa enfermedad, el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).

(Foto Cuartoscuro)

La gente tenía miedo

Eran tiempos de incertidumbre porque no se sabía bien a bien de donde provenía el virus, como se realizaba el contagio y cómo se podía curar.  

En Bulgaria las autoridades se negaban a reconocer su existencia y la situación empeoraba.

Fue entonces que la doctora Radka Argirova, una de las primeras virólogas del país, trabajaba en un instituto de investigación de alto perfil en la capital búlgara, Sofía, y había hecho su doctorado en el prestigioso Instituto Ivanovski de Moscú a principios de la década de 1970.

La propia doctora Argirova le dijo a la BBC que "trabajaba en uno de los laboratorios de la Academia Búlgara de Ciencias y había un laboratorio muy interesante para virología en ese instituto”.

Ella y sus colegas buscaban toda la información que se generaba en otras partes del mundo y aunque conocieron de la existencia del virus, no tenían manera ni de hacer pruebas diagnósticas ni de proponer una cura. No contaban con el virus.

Ella consiguió autorización para asistir a una cumbre de médicos en donde se presentaría un estudio. Fue en Hamburgo, Alemania Occidental y ahí conoció a uno de los más importantes investigadores a nivel mundial sobre el VIH, el doctor Robert Gallo.

El motivo de la reunión en Hamburgo no era precisamente el sida, sino la leucemia y sus relaciones con el nuevo virus. Y en uno de los momentos libres de la conferencia el doctor Gallo se acercó a la doctora Argirova para pedirle un cigarro.

En esos momentos ni le lejos estaban los tiempos en que se prohibía fumar en interiores.

Gracias a la afición que ambos tenían por el tabaco, se pusieron en contacto y él le preguntó cómo estaba la situación en Bulgaria. Ella le contestó que no podía responderle dado que no contaban con análisis para detección del virus y no tenían diagnósticos.

Gallo le insistió en la necesidad de hacer pruebas y ella dijo que no contaba con el virus.

El doctor Gallo le consiguió el virus

Tras pensarlo un poco, el doctor estadounidense le pidió a un médico alemán que preparara un frasco y que depositara ahí virus del VIH. El frasco tenía un tamaño pequeño y ella logró llevarlo de regreso a Bulgaria en su equipaje.  

"Era rojo y no se podía ver ni el virus ni las células. Era como el vino tinto y tenía dos frascos: uno de ellos con células infectadas y otro con células no infectadas", le contó la viróloga a la BBC.

"Tomé las pequeñas botellas, las puse en mi bolso y viajé a Frankfurt, donde tomé el vuelo a Sofía".

La científica había pasado de contrabando el virus del VIH a su país para realizar un trabajo que posteriormente salvaría muchas vidas.

"Las células y el virus sufren un poco cuando no están a 37 grados y el viaje fue un pequeño shock para ellos, así que tuvieron que ir a la incubadora. Pero el lunes, me emocionó ver el buen aspecto de las células y empecé a recoger material".

Las cosas en su laboratorio iban por muy buen camino pero la noción de que habían llevado virus del VIH a Bulgaria y además de contrabando, se comenzó a esparcir y también otros médicos tenían miedo.

Lo peor fue que la doctora Argirova tuvo que responder ante autoridades búlgaras, y tuvo que hacerlo todos los días durante muchos días. Para su fortuna, la doctora encontró a gente inteligente entre las autoridades comunistas y recibió permiso para trabajar en un sistema de pruebas.  

(Foto Cuartoscuro)

Según la BBC, en 1986 se instalaron 28 centros de ensayo en todo el país; dos millones de búlgaros se sometieron a pruebas de detección del VIH.

Ella comenzó a hacer campañas informativas para dejar en claro cómo se transmitía la enfermedad y tratar de tranquilizar a la población que temía encontrarse con el virus en cualquier momento.

Gracias a su valor para contrabandear el virus y su trabajo para encontrar pruebas de diagnóstico, la doctora Argirova tuvo funciones importantes en la difusión de la información precisa sobre la enfermedad y ha tenido el reconocimiento de sus gobernantes y sus compatriotas.